Eugènia Balcells en el corazón de las cosas.
Rosa Olivares
“Nunca más, en ninguna parte volveré a sentirme en mi casa.” Lévi-Strauss

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Las cosas nos dicen que nosotros ya no estamos allí. Que nos fuimos. Nos lo dice la butaca que siempre ha estado al lado de la chimenea, Y hasta la enredadera del patio, el grifo que siempre ha goteado y la breve mancha de óxido que deja la gota, tantos años cayendo, en el blanco del lavabo. Ya no estamos allí. Nos fuimos de casa hace tiempo y esa es una salida que no tiene regreso. Nunca podemos volver a la casa de nuestra memoria porque el tiempo nos ha cambiado y ha cambiado, todavía más dramáticamente, a la propia memoria, la experiencia que tenemos de ella. Y son las cosas las que nos lo dicen como en un coro enloquecedor y surreal. Todas a la vez y una por una, cada una de una manera y hasta las paredes se han borrado para agrandar o empequeñecer los espacios que las contienen. Porque al final la esencia ya no es el espacio, que acaba siendo una entelequia ensanchable a la medida de nuestra memoria y nuestros deseos y que, como en un juego de magia, siempre es lo suficiente grande para meter en él lo que queremos. O dicho de otro modo, podemos hacer que las cosas sean más pequeñas y más grandes sólo para que quepan en un espacio más grande o más pequeño. Una jarra de leche acaba cabiendo en un dedal. Es el problema de la magia, las medidas y los pesos. lo exacto, no existe. Como la ciencia. Como la memoria. Como la vida.
Nuestra primera casa, aquella que nunca llegamos a conocer realmente pero que hemos recreado mil veces cambiando la perspectiva, en aquella casa aprendimos casi todo lo que sabemos hoy. Aprendimos, sobre todo, a considerar el espacio como un lugar mágico en el que además, vivimos. Eugènia Balcells sabe mucho de esto, sabe mucho de casas y de espacios, sabe mucho de qué es lo que contiene ese espacio y de cómo conseguir vivir con todo ello, con las cosas, mágicas siempre, con la luz que las cambia, con las sombras que salen de nuestra imaginación, que cambian las formas y convierten a las cosas en algo diferente. Sobre ese espacio, sobre la luz, sobre la memoria, en definitiva sobre todo lo que se transforma, con ese proceso alquímico que vamos realizando de una manera más clara o más confusa, es de algo de lo que habitualmente Eugènia Balcells habla, algo que aparece y reaparece en su trabajo de una manera continuada, sutil e inevitablemente, con esa manera de tejer con lo más sencillo el hilván de todo lo inexplicable.
De esa casa reconstruimos siempre fragmentos a los que volvemos, fragmentos que componen la memoria (de las cosas y el misterio de la vida y que nos hacen comprender parte de los demás misterios, y sobre todo, nos obligan a buscar más claridad, a adentrarnos en la razón de lo desconocido, a intentar desvelar esa parte que todavía permanece a oscuras. Pero la casa parece un término inequívocamente femenino: es el lugar de la mujer, de la madre. Casi todos los términos que voy desgranando en estas líneas asociándolos a la casa son femeninos: las cosas, la memoria, la luz, la sombra. Para Balcells la casa es una idea femenina, una forma esencialmente marcada por el influjo de la luna, de lo femenino cósmico y a la vez primigenio. La luna rige sobre la casa y con ella esa oscuridad que ilumina y envuelve nuestros sueños, asociados a nuestros orígenes. Y en esos orígenes el lugar en el que se estructuraron por vez primera nuestras ideas en torno al lenguaje. a la experiencia física, a los miedos intangibles a la comprensión formal del espacio, está la casa.
El espacio interior es el que define la casa, las características de cada uno de estos espacios y su articulación entre ellos. Las cosas y los nombres de las cosas, las formas de esas mismas cosas que reinaban en cada lugar de nuestra memoria, de nuestra casa, de nuestra casa de la memoria. Ésa que rehacemos y parcheamos en cada momento. Porque fue allí donde aprendimos a vivir, a convivir, donde comprendimos lo que significa el alimento, la importancia de la transformación de una cosa en otra, de un huevo en una tortilla; de cómo una cama era un espacio infinito, de que cada doblez de las sábanas podían ser valles y colinas en las que escondíamos personajes imaginarios en un juego que presagiaba nuestro futuro, sin darnos cuenta de que esos personajes éramos nosotros mismos, nuestras familias. Esos seres queridos y odiados que nos iniciaban en el descubrimiento de la felicidad y del dolor.
En este trabajo de Eugènia Balcells hay mucho corazón. Y no se trata solamente del corazón de las cosas. Es un pedazo de su propio corazón y también, inevitablemente, del mío propio. Y de fragmentos mayores y menores de los corazones de todos los que han colaborado en esta aventura en el tiempo y en la memoria. Una memoria que va mucho más lejos de nuestras infancias. No nos engañemos esta instalación es un túnel del tiempo que nos arrasa dulcemente hacia el origen del mundo y de la vida. Y están también, no me cabe la menor duda, trocitos de los corazones de los visitantes de la exposición, de los espectadores, de aquellos que, algún día, sentados cómodamente en su casa, vuelvan a leer estas líneas. Estas palabras que sólo quieren apresar formas, ideas, sentimientos, dar nombres a las cosas.
Y la casa es la familia. Y todas las familias son iguales y a la vez diferentes. Como todas las casas. El padre, la madre, el hermano mayor, la abuela, el baño, la cocina, el dormitorio, la butaca, la mesa del comedor, la vajilla de los días especiales, el aparador, la radio en la que el abuelo escuchaba el parte militar, los libros que leía nuestra madre. Todo tan parecido y a la vez tan diferente. Es el ritmo lo que posiblemente se repite, la cadencia la que nos hace reconocer la melodía. Siempre hay una cocina, y un baño, y un comedor, y un lugar para el descanso. Pero cada uno de estos lugares tiene una función mucho más profunda y diversa de lo que hoy puede parecer a simple vista, va más allá de las intenciones de una revista de interiorismo, de decoración e incluso de arquitectura. Solamente ahora, con la pérdida de ideas y formas de vida que marcaban una cultura característica podemos aceptar que una casa, es decir un lugar para vivir, sólo tenga una pieza. Un solo espacio en el que se ve la televisión, se come, se lee, se duerme. Que la cocina haya quedado reducida a una especie de armario que nuestras abuelas, nuestras madres, no hubieran considerado suficiente ni para guardar los cacharros más inútiles. Esa es la casa de hoy, un pequeño y doble altar que sólo tiene dos ídolos: el televisor y la cama, y en el que el único ritual verdaderamente importante se realiza en el baño, en aras de la moderna religión de una sociedad supuestamente avanzada: la higiene.
Pero esa no es la casa en la que encontramos a nuestra memoria. Aquella era una casa, es una casa en la que había muchas cosas, algunas aparentemente inútiles porque nosotros todavía no las conocíamos pero que iban a ser esenciales en la formación de nuestras habilidades y nuestros gustos. Igual que esas palabras que no sabemos deletrear cuando somos niños se vuelven imprescindibles y definen la cultura y el conocimiento, separándolos ya para siempre de la vulgaridad y el aburrimiento. Había siempre un espacio para estar, una especie de salón, de cuarto en el que se leía, se hablaba, nos reuníamos y comunicábamos con mayor o menor fortuna,- otro espacio estaba destinado para cocinar y almacenar la comida con todos esos artilugios, herramientas y utensilios infinitos que hacían nuestras maravillas y que nunca supimos de qué mente ingeniosa, de qué inventor enloquecido venían, pero que servían para modelar pasteles. para cocer agua, para hervir leche, para hornear tortas, para asentar flanes... cada cosa para algo diferente, que no era lo mismo el caldo de carne que el de pescado, ni el agua sola que la leche para los niños, ni el cazo del café que el del te. Era la cocina. el origen de la vida y del calor. Todo iba, después, al comedor. Y el dormitorio, un lugar privado. el dormitorio era, por definición. la habitación de los padres y era evidente que no se trataba solamente de un lugar para dormir. Y el baño, donde la luz y el agua eran un alivio para otros ritos más difíciles de asumir. Una casa, con lugares para funciones diferentes, que articulaba varias vidas en diferentes períodos de crecimiento, a diferentes velocidades.
En esta instalación nos paseamos por estos lugares diferentes y siempre parecidos, encontrándonos con las cosas que allí existían, diferentes e iguales en todas nuestras casas. Pero no debemos dejarnos engañar por las apariencias. Son engañosas, y en arte mucho más. Y en esta instalación en la que prácticamente flotamos y nos desdoblamos entre los que fuimos y los que somos, que vemos con nuestros ojos y con los ojos de nuestra memoria, todavía más. Porque ésta no es una casa, es la casa. Y estamos aquí para comprender, finalmente, algo que siempre sentimos, que intuíamos de una manera abstracta sin poder nombrarlo ni explicarlo, pero que ahora se hace claro y evidente. Estamos aclarando la mirada de nuestra memoria, comprendiendo la razón de porque nuestras vidas eran así, de porque somos como somos. Todo empezó entonces, o tal vez mucho antes, tal vez estaba sucediendo siempre y llegamos nosotros con toda la maquinaria ya en movimiento para ser nada más que otro engranaje de la máquina en movimiento. La máquina de la vida, de la creación y de la transformación de la materia.
Tal vez ya nos hemos dado cuenta de que en esta exposición, de que en esta casa, los objetos flotar en el aire, suspendidos en el espacio, que sólo hay una silla que está apoyada en el suelo. Es, sin duda, la silla del invitado, casi ajena a la casa, porque en la casa el ritmo no es el del invitado, es otro diferente, y él se sienta y mira mientras las cosas, los recuerdos. la magia sigue y toda está palpitando y respirando, como un gran monstruo que nos cobija y nos crea. En esta casa conviven los objetos estables, reconocibIes por sus formas y sus funciones, y las imágenes que sobre ellos respiran y viven, proyecciones abstractas que tienen su origen en lo más concreto de nuestras existencias. La unión y superposición de estos dos factores siempre opuestos (lo estable y lo inestable, lo fijo y permanente y lo móvil y efímero, lo figurativo y lo abstracto) pone las bases de una estructura dialéctica que es el método de trabajo esencial que Balcells usa en esta obra. Nos da, así, una referencia física, tangible, a la que agarrarnos en un viaje que nos va a llevar mucho más lejos de lo que pudiera parecer. Una vez más, las cosas, lo sencillo. es la llave de lo mágico. de lo diverso, de lo múltiple, pero eso es algo que hay que ir viendo paulatinamente.
En esta casa. en esta caja de sorpresas reconocibles, en la que van desfilando por delante de nuestros ojos tantas cosas, imágenes reales y otras imaginadas por nosotros al calor de un objeto, de una sugerencia, hay cinco espacios reales, cinco reconstrucciones simbólicas de lo que significa una casa. Se trata de los espacios emblemáticos que son transformados en metáforas y a la vez en laboratorios alquímicos en los que suceden un sinfín de transformaciones sustanciales. unas propiciadas exactamente por la artista y otras por nosotros mismos negociamos con nuestro subconsciente. En cada uno de estos espacios se representan simbólicamente, sumados las diferentes funciones que acogen para diferentes momentos y para diferentes individuos. No se trata de significados ni de usos únicos, sino múltiples, pues de igual manera nuestra casa nunca fue solamente nuestra, la compartimos con los padres, los hermanos, con otros parientes y sobre todo con las cosas.
Y esa es la verdadera característica de cada casa: ser ese lugar de comunión entre todos, de encuentro y suma de experiencias, de amontonamiento de vivencias, de superposición de sueños y de sufrimientos, de esperanzas y de dolores. Estos cinco espacios son la sala de estar, la cocina, el comedor, el dormitorio y el baño. Naturalmente cada uno de nosotros podría sumar ese lugar preferido que no todo tuvimos en igual medida en cada una de nuestras casas de la memoria: para unos fue el jardín el lugar mágico, para otros el desván, o el sótano, tal vez un lugar extraño como el alfeizar de una ventana significó un espacio de experiencias definitivas, un portal, la ventana... pero eso son otras historias personales. La casa que nos ofrece Balcells es una en la que todos hemos vivido, porque ciertamente estos cinco espacios han sido, son comunes para todos en prácticamente todas las circunstancias, con mayor o menos solvencia económica.


Para Eugènia Balcells cada uno de estos cinco espacios representan elementos de la naturaleza y presentan, así mismo, unas claras facetas alquímicas que definen y caracterizan sus usos y funciones. La sala de estar es el aire. Allí se realiza la comunicación. Como en una espiral van surgiendo todos los objetos que conforman la memoria, flotando en el aire suben hacia algún lugar infinito los sillones, las mesas, las sillas, los libros, el televisor, las lámparas (cómo esa lámpara que decía Bachelard que nos esperaba en la ventana, y que nos hacía sentir con su luz que alguien más nos esperaba, posiblemente que toda la casa nos esperaba), todas esas cosas en torno a las cuales gira la comunicación, el conocimiento, la palabra, el acto social de relacionarse. Es allí donde tenía lugar ese momento maravilloso de descanso, donde nos contaban los cuentos, donde el padre leía el periódico, donde luego, poco a poco, la televisión parecía que iba a sustituir a toda la conversación, Es en este espacio en el que Balcells estructura más claramente la relación exacta entre los objetos y la memoria personal, Las imágenes que se proyectan sobre estos objetos (todos ellos pintados en color plata, para desviar el detalle, para borrar las características unipersonales) son fragmentos de retratos de su Álbum familiar: ella con el caballito de su infancia, su madre, los abuelos, sus hermanos, figuras rescatadas de fotografías que flotan en el aire incompletas pues han perdido el marco que los limitaba y vuelven ahora proyectadas, esbozadas a penas, desenfocadas por el paso del tiempo, que se superponen como se superponen y amontonan los recuerdos y las experiencias, fragmentados por nuestra memoria, seleccionadas de una manera aparentemente casual. Y, así, recordamos de mamá unas joyas, un guante, unas medias de seda que son la referencia de esos momentos frente al tocador antes de salir, porque un olor no se puede fijar, un gesto queda inalterable entre nuestro pelo aunque la mano que inició la caricia ya no nos pueda tocar nunca más.
La cocina es el fuego. El lugar de la alquimia por excelencia. Allí se transforman los alimentos, se convierten las cosas en energía, en sabor. La propia acción de guisar es la máxima transformación, la alquimia pura. Nos alimentamos y crecemos, vivimos, con la carne de los animales, con las plantas... ése es el lugar más primitivo y más sofisticado de la casa en la que el fuego y el hielo, todos los sabores, todos los sabores son manejados por el hierro. El fuego es el elemento que transforma, pero la mano que corta, limpia, pela, mezcla, lava, el agua, el color y la variedad. Toda la energía reside en esta hoguera de vida que es, que tal vez era, la cocina. No se trata de una cocina con microondas y tostador eléctrico, se trata de un lugar en el que el fuego se atiza y se gradúa, en el que hay carne y sangre y toda esa legión de instrumentos imposibles que nos han acompañado en el aprendizaje de la transformación de los elementos. Es un lugar de mujeres, el sitio en el que se estaba antes tanto tiempo, una habitación realmente pensada para nosotras y el corazón, siempre latiendo, en ebullición continua, de la casa, Aquí Balcells ha incorporado el color y ha creado esa especie de cortina que forman todos los utensilios, cazos, cucharas, espumaderas, pinzas, ganchos, paletas, cucharones, tijeras, abridores, vaciadores, tenazas... una cortina de humo, una danza mágica, lugar de Brujas y hechiceras que juegan con el fuego y hacen del humo una herramienta más, que dominan el calor sabiendo en que nivel fríe, en que otro asa, cuando cuece y si sólo dora; y la leche, al hervir, recordar que tiene que subir tres veces antes de poderse beber. Ritos y fábulas, herencias de recetas (la sal un pellizco, y por el olor saber cuando el caldo está listo, aunque hay comidas que deben hervir a fuego lento toda la noche) y de pócimas, y no sólo para comer sino para sanar, para estar fuerte, para resistir el frío y las malas épocas. Un lugar para la vida.
El comedor es un espacio de destino, Un punto de sociabilidad más sofisticada. Allí se consumen los alimentos transformados en la cocina. Aquí ya no hay fuego, y las herramientas que se usan son más elegantes, desaparece detrás del telón todo lo que se ha utilizado para la transubstanciación de los alimentos, Como en una escenografía teatral quedan en la cocina los restos de los vestidos, la tramoya vista por dentro. El comedor es el escenario donde se ofician los ritos públicos. Allí nos reunimos en torno a una mesa, a una gran mesa, en la que se come en compañía, en la que se celebran las efemérides (siempre en torno a la comida, a la mesa, a la familia). El comedor es la tierra entre los elementos de la alquimia, La gran mesa inclinada, las sillas, todas pintadas en plata, presentan un gran escenario vacío, pero en la mesa se proyectan imágenes de manos que crecen y disminuyen, muchas manos, una sola mano, la humanidad, la gente, en ese rito de la comunión. Un lugar de encuentro y de convivencia en el que la cómoda sirve para unirnos y eternizar la alianza. Aquí el juego brillante y sencillo que Balcells ha realizado con los platos y los vasos, formando con ellos cortinas cuyas sombras y brillos se proyectan a sí mismos, sustituyendo cualquier proyección de imágenes, siendo ellos mismos Sus proyecciones, es algo eficaz, un resultado de tanta sencillez que puede abrumar.
El dormitorio es el lugar más íntimo, más privado de la casa. Y es también para Balcells el punto máximo de la alquimia. Aquí ya no se trata de recuerdos, de memoria, sino de sueños, de fantasía, de deseos. Naturalmente el dormitorio está representado por una cama que flota en el aire y que es rodeada de alguna manera por unos planos de telas que formando un cubo se encuentran en cuatro esquinas, estas telas son cubiertas por proyecciones que refuerzan la idea de alquimia y transformación. Y aquí la transformación no es solamente un concepto, sino una realidad. Empieza esta transformación en el tratamiento de las imágenes, todas ellas rescatadas de la historia y del tiempo y transformadas por las más modernas técnicas de tratamiento por ordenador. Son imágenes de grabados antiguos, de antigüedades hindúes, de utensilios característicos de los usos alquímicos. Una vez transformados en su tratamiento por ordenador son muchas veces apenas reconocibles unas formas características. unos rasgos referenciales, simbólicos, quedan convertidos en un entramado de líneas, que superpuesto a las telas, se nos aparecen como hilos que tejen un bordado que nos habla como en los dibujos primitivos del origen de la vida, de la unión de lo femenino y de lo masculino, de la magia que da cuerpo al aliento vital. Estas líneas difuminadas. estos bordados entresacados de los pañuelos de princesas árabes, no se proyectan sobre superficies planas sino sobre telas traslucidas y la suma de los colores de las telas y de los propios de las imágenes después de su tratamiento informático dan un resultado cercano al oro, el color de la alquimia por definición. Son imágenes mágicas, como rescatadas de las Mil y una noches, que nos hablan de la transformación del deseo en realidad, de la fuerza del amor, pero no solamente como una fuerza sexual. sino como el origen de la vida, del cosmos, como la unión del hombre con la tierra, de la convivencia de los principios que generan y mantienen la vida. Son cuatro las proyecciones que hay en el dormitorio, y si las imágenes originales son iluminaciones antiguas (un niño rescatado de las aguas. un hombre y una mujer abrazándose, un elemento alquímico. una estrella vista por un telescopio de la NASA) transformadas convenientemente hasta convertirse en abstracciones que sugieren más que afirman, de lo que nos están hablando es del comienzo de la vida y de su punto final, del nacimiento y de la muerte; del amor, no literalmente del sexo. sino de la comunión total entre los sexos que va más allá de la carne; de la concepción real de la vida, y aquí sí hay un concepto más sexual, en un sentido genético, del sueño de la armonía en la tierra, simbolizado en la recogida del rocío de la mañana y su transformación en oro. Es en el dormitorio, en una cama, donde nacemos y donde morimos, donde atravesamos el dolor de las enfermedades. de los partos, la alegría del placer, el conocimiento del cuerpo propio y del ajeno.
Toda la vida gira en torno a ese cine de sábanas blancas en el que se viven todas las fiestas, todos los ritos, el de la sangre básicamente al que inevitablemente retornamos en un ciclo vital interminable y siempre repetido.
El quinto de los espacios es el baño, y su elemento es el agua. Éste es un lugar para la claridad, para la limpieza, para la higiene. El agua nos recuerda el bautismo, la consagración, la renovación continua, la pureza. La imagen y el sonido es de agua corriendo, una fuente incesante ante nuestros ojos y en nuestros oídos. Son los sentidos una vez más los que trabajan haciéndonos formar los cuerpos de las cosas incluso en su más absoluta ausencia. Sencillez y austeridad de elementos, pero la importancia esencial de la realidad, está presente en este último espacio.
Esta casa la hemos construido entre todos. Es sin duda esa casa que representa el refugio, levantada con nuestra nostalgia, con la melancólica necesidad de tener un lugar al que volver, está habitada por la memoria. Pero hay un punto en el que las cosas nos fuerzan a vivir en un presente sin duda inevitable, un presente que conformar otras memorias, la nuestra incluso que vivir en el futuro y se superpondrán (como en las imágenes que proyecta Balcells sobre los objetos, encima de la mesa, alrededor de la cama, en esta instalación a esa memoria anterior que nos habla de la casa de nuestros recuerdos. Los símbolos llegan a serlo porque nosotros vamos representando todos los ritos que ellos hacen eternos. Y de esa manera nosotros construimos otras casas, intentando encontrar la nuestra propia. Otra diferente, una en la que podamos realmente vivir y no como ésa que sólo existe en nuestra memoria y a la que sabemos, ya lo vimos desde el principio, que nunca podríamos volver. Cuando un día nos fuimos y descubrimos que se acababa allí nuestra infancia, que la inocencia quedaba enganchada en alguna esquina de alguna habitación, guardada en la alacena con nuestros juguetes y nuestros primeros libros, nos quedamos perdidos, flotando como flotan ahora estos objetos vestidos de plata, en un aire que nos sostiene y nos aísla. Después de la confusión vino la seguridad de que tendríamos que encontrar un lugar nuevo, un lugar que fuera realmente nuestra casa, la construida por nosotros en el presente y no ya nunca más la del pasado, la de la memoria, ésa que se nos ha quedado tan pequeña como una casa de muñecas, tan grande como si ahora de repente volviésemos al tamaño que teníamos hace tantos años y que nos hacía verlo todo desde otra dimensión. Y esa casa, en la que ahora vivimos, está también conformada por las cosas, y sus habitaciones tienen las mismas funciones que siempre tuvieron todas las mismas habitaciones, en todas las casas de la historia.
Naturalmente nosotros hemos cambiado, y nuestras memorias y experiencias han transformado el uso que hacemos de las cosas, su elección, y no hablo de estética. El sillón ya no es aquel en el que nuestro padre leía la prensa, ahora somos nosotros los que nos sentamos en él para leer, para oír música. Esta es nuestra casa y éste es nuestro sillón. Y el dormitorio, donde finalmente sabernos lo que siempre intuimos (que no solamente era un jugar para dormir) ya no es el de nuestros padres, sino el nuestro.
Finalmente hemos encontrado, hemos construido un lugar al que podemos llamar nuestra casa. En él están nuestras cosas. Y esa casa, ese compendio de formas, de objetos, nos define, es una especie de autorretrato nuestro.
Si somos lo que comemos. inevitablemente tenemos el aspecto que tienen nuestras cosas, y nuestra casa somos nosotros mismos, nuestro más fiel reflejo. Y a nuestra casa volvemos, porque ahora sabemos que siempre volvemos a algún sitio, aunque sólo sea para volver a marcharnos. Y al volver, aunque solo sea por un momento, repasamos con la mirada las cosas que dejamos cuando nos fuimos la última vez. Mis libros. Mi sillón, mi cama. Esa esquina en la que sólo levantando los ojos de las páginas del libro, puedo ver un pedazo de cielo familiar, unos árboles que cambian de traje y de peinado, la sombra de una nube. Antes pensaba que mi casa era donde estaba yo. Ahora sé que mi casa está construida por las cosas que conforman un estado de ánimo, que son las cosas los ladrillos y los cimientos del lugar en el que nadie me espera, sólo yo vivo allí, al margen de la gente. de la familia, del amor, de los amigos, vecinos temporales que se sitúan arriba, a los lados. debajo, más o menos cerca. Pero yo vivo en el corazón de las cosas. Con su calor me alimento y con la luz que el sol refleja en ellas me ilumino. Ésa es mi casa.