Cuando
Martí Rom me propuso escribir un texto en torno a Eugenia Balcells,
y pensé en su obra, recordé la idea del filósofo
persa Sohravardi de que los acontecimientos son tan solo un reflejo
de aquellos que ocurren en otra parte, un mundo intermedio, mundus imaginalis,
tierra de luz. Ibn Arabi, el también filósofo sufí
del siglo XII, profundiza en Murcia en la misma idea. Para ellos, además
del mundo aprehensible por la percepción intelectual y aquel
perceptible por los sentidos, existe un mundo intermedio, el de las
Ideas-Imágenes, Figuras-arquetipos, espacio límite, mundo
de los símbolos y de los conocimientos simbólicos, ámbito
donde se desarrollan los acontecimientos del alma y, para llegar a él,
señalan la importancia de un posicionamiento creador, una interiorización
como camino. Y disfruté adentrándome de nuevo en los textos
de Henry Corbin y recogiendo los aromas de La imaginación creadora,
Cuerpo espiritual y Tierra celeste, y El hombre de luz en el sufismo
iranio. La obra de Eugenia Balcells nos remite a un universo interno.
Hay un aspecto que místicos y creadores comparten: ambos conocen
la experiencia de una apertura, momento lúcido en el que logran
atravesar el abismo que separa de la Unidad, del inconsciente. Y consiguen
traducir esa experiencia. Y la transmiten. "Sea lo que sea hay
que ir a él"-dice Freud, porque en alguna parte ese inconsciente
se muestra: en los sueños, los actos fallidos... También
a través de la intuición creadora. Los místicos
saben bien que es por medio de un declive del pensamiento como logran
un acercamiento a ese "sí mismo" interno, fuente de
conocimiento, puente para lograr la Unidad. Desde el psicoanálisis,
Jacques Lacan da un giro a ese "pienso luego existo" apuntado
por Descartes, demostrando como entre percepción y conciencia
se halla el inconsciente; "Pienso donde no soy, soy donde no pienso"-dice.
El conocimiento como despertar de un saber dormido aparece en Platón.
También en Sohravardi; conocer es desvelar. Para este, luz y
ser se identifican, el alma es luz, la luz es vida; lo que varía
son los grados de intensidad. Concibe el universo como una sucesión
de planos que parten de la luz y se van alejando hasta alcanzar las
tinieblas. Fui recordando a Sohravardi a medida que me adentraba entre
los velos velados de "Veure la llum" y "Traspasar limits",
mi primer encuentro con la obra de Eugenia Balcells. Había escuchado
hablar de ella años atrás. Fue durante un insólito
viaje a través de Asia Menor acompañando a un grupo sufí.
Recorrimos Turquía acercándonos a las tumbas de aquellos
que ellos consideraban maestros. Y supe de su rezo, una y otra vez,
ante estos, las palmas de las manos desplegadas, pidiendo; había
en ello la aceptación de una falta inherente al ser humano, a
través del posicionamiento, del gesto, que ya en su reconocimiento
posibilitaba la emergencia de un cierto deseo. Legamos a Konia el día
del aniversario de Rumi. Presenciamos también la danza de los
derviches. Creo recordar que fue después cuando una amiga común
me habló de Eugenia Balcells. Supe que le interesaba la simbología
de la espiral y la idea del centro cuando nuestra común amiga
me describió la magnífica estructura de una gran caracola,
regalo que pensaba entregarle por su cumpleaños.